Un muro bajo de piedra marca el borde del jardín de la Emperatriz. El trigo se dobla y cabecea en el viento, las cabezas blandas rozando la zarza espesa de bayas, y las rosas vierten su aroma sobre retazos maduros de tierra. La encuentras sentada, no en un trono, sino en un banco de madera cargada de musgo, cálida de sol y fácil como una ladera. A sus pies yace una cesta rebosante de manzanas, peras y judías recién cogidas; el aire tiembla con el sonido de una cascada que se desliza entre rocas en el borde del claro.
El mundo de la Emperatriz está formado por la generosidad quieta del bosque. Los troncos de árboles antiguos se alzan detrás de su jardín, columnas ásperas de liquen y envueltas en la memoria de la lluvia. Entre las raíces, los helechos se extienden como las manos de sanadores viejos, y el trébol húmedo alfombra el suelo. El ajo silvestre crece en franjas suaves, y su aroma se mezcla con la dulzura de la hierba del prado. De estos bosques, la gente ha llevado a casa haces de leña, ha tejido cestas de ramas de sauce, y ha recogido setas después de las primeras lluvias largas del otoño.
En el país viejo, el bosque era a la vez refugio y recurso. Cuando las tormentas amenazaban los campos, los aldeanos se abrigaban bajo sus ramas, escuchando el repiqueteo de la lluvia sobre las agujas del abeto. Los niños seguían los arroyos que se deslizaban por el sotobosque, con la esperanza de vislumbrar un ciervo o un destello de trucha en los bajíos. En el silencio del bosque, los herbolarios buscaban las hojas y la corteza que curaban fiebres y sosegaban la hinchazón, mientras los pastores guiaban los rebaños por los senderos frescos y moteados. Hasta la tela echada sobre los hombros de la Emperatriz, blanda como el envés de una hoja de tilo, se teñía con lo que el bosque rendía: ortigas, cáscaras de nuez, o el zumo de un retazo de acedera que pica.
El mito permanece en cada claro, tejido en el roce de las hojas y en el goteo del agua. El folklore habla del corazón del bosque como un lugar donde vive la abundancia, un manantial vivo que a la vez alimenta y protege. El jardín de la Emperatriz recoge ese mito y lo deja con suavidad a tus pies, transformándolo de leyenda en el pan que partes y en el fruto que pruebas. La cascada, siempre en movimiento, es un recordatorio de que lo abundante debe cuidarse, y recogerse en las manos ahuecadas siempre que tengas sed. La abundancia está aquí, no como una promesa lejana, sino en el presente que respira: en el aroma del romero levantado por el viento, en el cojín blando del musgo, en el fruto que descansa pesado entre las ortigas.
Hoy, busca el refugio quieto de los árboles y camina sus senderos en sombra, sintiendo el roce de las hojas contra el brazo. Cocina con hierbas que hayas cogido tú, o prepara un té sencillo de lo que guarda tu alacena: hoja de laurel, menta, o un ramito de tomillo. Siéntate en un banco de madera, o sobre la hierba si la encuentras, y cierra los ojos para oír el agua cercana, ya sea una fuente de la ciudad, un grifo de la cocina, o la memoria de la lluvia. Pon un ramito de helecho o de trébol en el escritorio como señal de bienvenida y como invitación pequeña a la abundancia.
El color de la suerte de hoy es Verde bosque.
Lucky Color: ForestGreen — #228B22Que lo que crece en silencio cerca te traiga consuelo y alimento.
La abundancia vive allí donde estás dispuesto a advertirla.